martes, 28 de junio de 2011

UNA PARADOJA

Hace alrededor de dos mil quinientos años, el “Sabio de los Shakyas”, el Señor Shakyamuni,  nos legó una paradoja.
Esta paradoja gira alrededor del sufrimiento. El sufrimiento todos saben que es un sentimiento, un fenómeno mental y psicológico desarrollado por la humanidad en su trayecto por la evolución. Así como la Dopamina nos provee una sensación de bienestar y regocijo, la sensación de sufrimiento señala un déficit de la misma hormona que nos lleva en una vía contraria, hacia la depresión y el sufrimiento.
Pero los seres humanos no nos percibimos como seres químicos, dominados por el flujo de hormonas en nuestro cerebro. Somos seres que actuamos porque tenemos un sendero en la vida que está regulado por nuestra idea de felicidad y el logro de metas y objetivos.
Los científicos que manejan los conocimientos de la química y los laboratorios también sufren porque sus vidas tienen prioridad sobre sus conocimientos.
Shakyamuni nos legó, pues, la enseñanza de que “la vida es sufrimiento”. Que al vivir sufrimos es un hecho concomitante, y esta simpleza lo convirtió en la primera Noble Verdad del Budismo.
Luego, convirtió la lucha espiritual del hombre en la lucha por trascender el sufrimiento.
El ser humano sufre y trata de dejar de sufrir y lo hace utilizando una de las facultades de su mente que es la elaboración de creencias.
Crea un mundo imaginario de fantasmas y adorna el universo que ellos. Crea los espíritus y luego les hace la reverencia, convencido de que ellos le ayudarán a despojarse de esa sensación desagradable de estar sufriendo de una carencia de afecto, bienes, dinero, satisfacción, comodidades, felicidad, poder,  etc .
Pero, sin saberlo, cae en otra trampa: coloca sus espíritus y dioses en un pedestal y se deja humillar por ellos, logrando solamente aumentar su sufrimiento.
Es esta la paradoja de Sakyamuni, el deseo de salir del sufrimiento es precisamente la causa de nuestro sufrimiento.  
Así que Sakyamuni dictaminó que dejáramos de desear. Satisfizo el deseo natural del ser humano de trascender los sinsabores de la vida postulando la enseñanza de una “iluminación” señalando que la misma nace de la ausencia de los mismos deseos.
El día que vemos la realidad de que no hay nada que desear es el día de nuestra iluminación, claro, con la necesidad de que dicha realización también involucre el final de  la necesidad de “ser”, porque ese también es un fatuo deseo que nos lleva a las profundidades del abismo existencial.
Sobre este conjunto de enseñanzas los discípulos del Buda erigieron el gran andamiaje de postulados que hoy conocemos como “Budismo”, erigido en una religión que ha sufrido múltiples vaivenes, modificaciones y añadiduras introducidos por la vanidad humana y el poder de los ambientes culturales donde se ha establecido.
En el “Budismo” de muchos lugares es muy difícil vislumbrar la claridad meridiana y sencillez inmaculada del discurso original de Shakyamuni.    
El discurso prácticamente espeta a la humanidad: “usted es su peor enemigo, y usted mismo crea las condiciones para su perdición.”
Una de las formas en que este mensaje nos llega en la actualidad es el llamado “zen”, que no ha escapado  a las manipulaciones a que han sido sometidas las demás corrientes del budismo.
El zen también está imbuido de un deseo, el deseo de “ser” diferentes, mejores, más sabios, ser “maestros”, crear ambientes de poder y dominación, manipular, etc.
Pero, de alguna manera misteriosa,  la semilla original se mantiene y no sucumbe. Siempre surgen aquellos que nos recuerdan lo fundamental. El mensaje está grabado en la psique misma de la humanidad.
Para probarlo, recordemos con veneración al Maestro Dogen:
“Estudiar el Camino de Buda es estudiarse a sí mismo. Estudiarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo. Olvidarse de sí mismo es ser actualizado por miríadas de cosas. Cuando miríadas de cosas se actualizan por sí mismas, tu cuerpo y tu mente, así como el cuerpo y la mente de todos, desaparecen. No queda rastro de iluminación, y este no-rastro continúa sin fin.”
(Traducido por Camila Krauss, con agradecimiento)
Genjo Koan
Eiheiji, Japón
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