sábado, 6 de agosto de 2011

La Naturaleza de la Mente

La naturaleza de Tathata, o la Mente “tal cual es realmente”, no se puede “transmitir”, como si fuera algo que se logre traspasar de una persona a otra. Es sólo a través de la propia realización que se puede identificar, o tener la vivencia, de haberla realizado.
¿Cómo se pueden transmitir las nubes o la lluvia? La práctica del zen concierne la paradoja de la Mente que despierta a sí misma. Siempre la hemos tenido, ha existido siempre, todos la tienen, pero no es realizada sin mucho esfuerzo.
El impedimento es la construcción ilusoria de una pared a la que llamamos “yo”. Éste fantasma ilusorio que divide el mundo en “dharmas”, cosas fuera e independientes de mi, se yergue en el camino e impide que veamos más allá.
En realidad, no existe ninguna “transmisión”, en la tradición zen se utiliza el término  como un caramelo para animar las almas frágiles y titubeantes, al igual que la supuesta “iluminación” que se busca sin jamás ser encontrada.
Cuando nos damos por vencidos de tanto buscar, de repente, un día cualquiera, sin esperarlo, alcanzamos a vislumbrar la cola del buey.
Por la esquinita del ojo, como un guiño fatuo, percibimos “algo” que no estaba allí antes.    
La discípula del Roshi Kapleau percibió las palmas y el mar frente a su cabaña playera como “lo mismo pero diferente”, no lo pudo expresar de otra manera.
Aquella noche de abril Shakyamuni percibió que todo el universo era él, que no había ninguna diferencia.
Alguien dirá,”¿ por qué tanto buscar?" Si lo tenemos, "¿por qué buscarlo?"
Como enseña un antiguo koan: "La brisa sopla, pero, aún así, tenemos que abanicarnos". 
No hay nada que buscar, pero si no lo buscas…no lo encontarás.