miércoles, 25 de febrero de 2009

El mundo del zazen


El zendo estaba frío y silencioso. Las reverberaciones de la campana aún retumbaban en el espacio, como gotas de hielo jugando en la oscuridad. El zazén daba inicio otra vez a un nuevo día, el tercero de este retiro, y clásicamente el día más difícil de la escalada que significa un retiro tradicional zen llamado “seshín”…mitad tortura y mitad éxtasis irreal que, para explicarlo lo tenemos que filtrar por nuestra mente racional y darle una connotación de “espiritual” para darle una realidad coherente y explicable. Quizás con el fin de convencernos de que no estamos totalmente esquizofrénicos, y de que esto tiene algún sentido.
La realidad se comenzaba a desvanecer, como siempre. Las tripas murmuraban al estar vacías, quejándose. Las frías manos temblaban ligeramente, y las piernas, la izquierda sobre el muslo derecho en medio loto, comenzaban a vibrar en una sutil premonición del dolor y el calambre que llegarían en breves minutos. La mente se retiraba de los sentidos, la mirada fija en la blanca pared que tenia en frente, una ventana a un lado fuera de la cual se vislumbraba el débil claror del incipiente amanecer. En la lejanía apenas se podía escuchar en las sombras el graznar de alguna avecilla. El tiempo pareció desaparecer, la noción de la existencia del mundo se apagaba, no sabía dónde estaba con claridad, la mente simplemente se desconectaba y el resto no importaba. El silencio era completo, podía haber estado solo en un salón escuro, pero de alguna manera sabía que estaba en compañía de más de medio centenar de personas alineadas a mis lados, y detrás. Sentí que las ráfagas de luces multicolores que corrían por mi mente aumentaban en intensidad. Frente a mi se perfilaba una brecha hacia un mundo desconocido y efímero, como éste en que vivía, pero a la vez diferente. Como mirar por un callejón en un país desconocido y lejano, rodeado por sonidos, quizás quejidos de personas invisibles, y observaba la textura de las piedras y el camino polvoriento, y las sombras… Una sensación de incertidumbre dentro de la nada, y un completo bloqueo del discernimiento del fondo de las percepciones. Como una aparicición veo un rostro frente a mi. El rostro de un hombre mayor mirándome fijamente, flotando frente a mi. Ojos compasivos, pero indiferentes, sin pestañar. Boca cerrada en una ligera mueca quizás de pena. Podía observar cada vello de su barbilla, y la barba que le crecía en la mandibula. Ligeramente más tupida en la región de los labios, con vellos saliendo de las narices. No era una ilusión, lo veía verdaderamente, lo veía con los ojos, no con la imaginación. Estaba realmente frente a mi, no lo conocía pero no me era extraño. Esperaba que me hablara, pero lo hacía con los ojos, con su mirada compasiva, rayando casi en profunda pena. No quería pestañar para no perderlo. Su mirada era fija y amable, escrutaba mi alma, sondeando adentro como un bisturí, nadando en mis turbiedades. Una mirada viva y vibrante, no, más aun, era una percepción de realidades milenarias. Veía el mundo como era y no como se deseaba. El mundo del Samsára, del sufrimiento y la redención de ese sufrimiento por la vía de la compasión, de la capacidad de abrirnos al dolor ajeno y sentirlo como propio. Ese don misterioso que hace que el ser humano trascienda y se convierta en algo diferente a un simple animal. Sentí un atisbo de consciencia en mi visión de ese samádhi creado por mi mente despierta, o quizás “super” despierta, despierta al máximo de su potencialidad, hasta un punto que penetraba las realidades que damos por muertas, explicadas y comprendidas. Vislumbré que mi visón era yo mismo mirándome desde años en el futuro, compasiva visita como la de un espectro para traerme un mensaje de vida y compasión como un padre a un hijo menor necesitado de un regalo amable, o como un espejo frente a otro espejo en que se multiplican las imágenes hasta que se pierden en la oscuridad.
Jamás he olvidado a mi amigo y sé que está ahí, observándome con ternura, con el mensaje de que el mundo en que nos toca vivir es así, como es, por obra nuestra y que la única trascendencia es la visión clara de que ESO es lo que somos, no hay nada que no sea “yo”, y debemos abrazarlo y resolverlo amándolo tal como es.