sábado, 25 de junio de 2011

DARLE CONTENIDO A LA NADA

Como el marinerito en tierra, del maestro Rafael Alberti, ponemos el rostro hacia la mar e izamos al aire este lamento...
Un lamento nostálgico por una realidad perdida, una unión perdida... Creemos vislumbrar el Tao que guiña su ojo desde el abismo cósmico de la naturaleza búdica.
Hemos tratado de darle contenido a la nada.
Surgimos, o resurgimos, del zazen con la impresión de haber fallado el tiro. De que la flecha erró su blanco, por andar cojeando por los instantes de la vida. Cuando miras ya se perdió el encanto, y todo se torna memoria de la mala. La memoria de lo que fue y ya no es...la nostalgia de Gardel.
Vida a la que llamamos "vida" por no tener nada mejor que llamarle.
Le ponemos nombres a las cosas, pero ellas siguien evadiendo la definición que tanto anhelamos.

Sí, le hemos puesto muchos nombres: Dios, Tao, Allah, Jeovah... y allá seguimos por los senderos de esa melodía de la shakuhachi en la madrugada cuando apenas comienza a clarear la aurora.
Pasamos los días buscando algo que no encontraremos, por estarlo buscando.
¿Ven la sencillez?
La mofa de estas vivencias que a la postre no son nada más que el canto de un ruiseñor, que al principio no alcanzamos a ver allá en su rama en las alturas, y después se resuelve en un celaje adivinado de plumas...
Apenas oimos su canto.
En definitiva no hay más que las notas del shakuhachi en la lejanía, retozando como los perros del Quijote.
Y creemos que el pasado existió, precisamente para darle "contenido" a la nada.
Entonces, ¿el zen es el contenido?...¿o la nada?
La melancónica nota que se desvanece junto al arroyo en que tenemos metidos los pies, y cuyo fondo apenas percibimos en la oscuridad.
Es el salitre en el rostro y la brisa del mar que nos alza esa blusa marinera.
ESE instante, esa blusa, esa idea, ¿fruto de los chispazos de unas neuronas?
¿Es la distancia entre el cielo y la tirra?
¿Es el sabor de la fría cerveza?
ESE instante, de esa nada... Que nos engaña como una hoja otoñal que cae girando en su vida que se extingue en apenas un instante.
Después de todo, ¿el "Zen" qué es?
¿Que buscamos?
Es el murmullo del arroyo de la anécdota...
Nos dedicamos a percibir el instante, el Tao, con la castidad de no quererlo, como la joven enamorada que ni quiere mirar hacia el amado.
Es ahí que está el truco...como se da cuando el mago serrucha el cuerpo de la victima y vemos los pies inmobiles creyendo que ya está muerta.
Pescado podrido, como dijo el viejo maestro.
Nos toca saborear cada trago. Escuchar el sutra, digerir la sabiduría de quién sabe qué monje de antaño observando las hormiguitas en la pared de su cueva.
Eido me golpeó la espalda con su keisaku y yo no entendí. Aún no entiendo.
Sólo quedan las notas del shakuhachi, lentas y melancólicas...
Llenando de contenido la nada.