jueves, 20 de octubre de 2011

LA RISA

La gente se ríe de los demás, pero nunca se ríe de sí misma.  Deben aprender a hacerlo.  Si puedes reírte de ti mismo, la seriedad desaparece.  Si eres capaz de reírte de ti mismo, la seriedad no podrá morar dentro de ti.
En los monasterios zen, los monjes tienen que reír.  Lo primero que han de hacer por la mañana es reír; lo primero.  En el instante en que el monje se da cuenta de que ya no está dormido, ha de saltar de la cama, ponerse en actitud de bufón, como un payaso de circo, y ha de empezar a reír, a reírse de sí mismo.  El día no puede comenzar mejor.
Reírse de sí mismo mata al ego; y cuando te mueves en el mundo, te vuelves más transparente, más ligero.  Si te has reído de ti mismo, no te molestará que los demás se rían de ti.  De hecho, simplemente están cooperando, están haciendo lo mismo que tú estabas haciendo.  Aprende a reírte de ti mismo, de tu seriedad y cosas así. Puedes ponerte serio respecto a la seriedad; entonces, en vez de una enfermedad, habrás creado dos.  Entonces puedes ponerte serio también por eso, y seguir y seguir.  Nunca acaba; puede continuar ad nauseam.
Por lo tanto, toma las riendas desde el principio.  En el momento en que te sientas serio, ríete y observa en ti dónde está esa seriedad.  Ríete, deja que surja una buena carcajada, cierra los ojos y observa dónde está.  No la encontrarás.  Solamente existe en aquél que no puede reír.
No se puede imaginar una situación menos afortunada, no puede concebirse a un ser más pobre que aquél que es incapaz de reírse de sí mismo.  Así que comienza la mañana riéndote de ti mismo y cuando encuentres un momento durante el día en el que no tengas nada que hacer, suelta una buena carcajada… sin ningún motivo, simplemente porque el mundo entero es absurdo, tan sólo porque la manera en que eres es absurda.  No es necesario encontrar ninguna razón especial.  Todo el asunto es tan absurdo que uno se ha de reír.
Deja que la risa nazca del vientre, no de la cabeza.  La risa puede venir de la cabeza; entonces está muerta.  Todo lo que proviene de la cabeza está muerto; la cabeza es absolutamente mecánica. Puedes reír desde tu cabeza; entonces, tu cabeza creará la risa, pero ésta no llegará a lo profundo del vientre, el hara.  No se extenderá hasta los dedos de los pies, no se extenderá por todo tu cuerpo. Una verdadera risa es como la risa de un niño.  Observa su vientre sacudirse; todo su cuerpo vibra con él; quiere revolcarse por el suelo.  Es cuestión de un compromiso total.  Ríe tanto que empieza a llorar; ríe tan profundamente que la risa se convierte en lágrimas.  Las lágrimas brotan de sus ojos. La risa debería ser profunda y total.  Ésta es la medicina que prescribo para la seriedad.
Te gustaría que te proporcionara una medicina seria, pero eso no te servirá.  Has de ser un poco tonto.  De hecho, el clímax de la sabiduría siempre conlleva algo de necedad; los hombres más sabios del mundo fueron también los tontos más grandes.
Puede que te sea difícil entenderlo.  Eres incapaz de imaginarte que puedan ser tontos, porque tu mente siempre lo divide todo: un sabio nunca puede ser tonto y un tonto nunca puede ser sabio.  Ambas actitudes están equivocadas.  Ha habido grandes necios que fueron muy sabios.
Antiguamente, en la corte del rey, había un gran tonto; el bufón de la corte.  El bufón equilibraba las cosas, porque demasiada sabiduría puede resultar absurda, el exceso de lo que sea puede resultar absurdo.  Era necesario alguien que hiciera descender las cosas nuevamente a la tierra.  En la corte de los reyes el tonto era necesario para ayudarles a reír; de lo contrario, la gente sabia tiende a ponerse seria. Y la seriedad es una enfermedad.
Con la seriedad pierdes toda proporción, toda perspectiva.  Así que en la corte de los reyes había un bufón, un gran tonto, que con su charla y sus gestos distendía cualquier situación.
He oído una historia…
 
Un emperador tenía un bufón.  Un día el emperador se estaba mirando en el espejo.  El bufón llegó, saltó, y le golpeó con los pies en la espalda.  El emperador cayó contra el espejo.  Naturalmente, estaba muy furioso y le dijo:
-A menos que para tu estúpido comportamiento me des un motivo aún más criminal que el acto mismo, serás sentenciado a muerte.
El bufón le contestó:
-Mi señor, nunca pensé que fueras tú el que estaba aquí.  Creía que era la reina la que estaba aquí.
 
Tuvo que ser perdonado, porque ofreció una razón que era aún más estúpida. Pero para encontrar una razón así, el bufón debió de haber sido muy sabio.